27 de enero de 2013

Santo Tomás de Aquino, 1225-1274, Doctor de la Iglesia , 28 de Enero


Nació Santo Tomás el año 1225 en el castillo de RoccaSecca, cerca de Aquino, en el reino de Nápoles. Su padre fue Landulfo, conde de Aquino, y su madre Teodora, hija de un conde oriundo de la Normandía. Peter Calo, su primer biógrafo, cuenta que un santo ermitaño predijo su carrera, diciéndole a Teodora, su madre, antes del nacimiento de Tomás: "Entrará en la Orden de los Frailes Predicadores, y su conocimiento y santidad serán tan grandes que en vida, no se encontrará nadie que le iguale". A la edad de cinco años entró Santo Tomás en el monasterio de Monte Casino, para recibir en él su primera educación para pasar después a la universidad de Nápoles. El contacto allí con fray Juan de San Giuliano fue causa de su vocación a la vida apostólica. A pesar de la violenta oposición de su familia, entró en un convento de Santo Domingo a los diecinueve años (1244), e hizo sus estudios en Colonia, bajo la dirección de San Alberto Magno (1248-1252).

A causa de su profunda humildad, parecía taciturno y aun tímido. Como hablaba muy poco, sus condiscípulos empezaron a llamarle el "Buey mudo". San Alberto, al tener noticia del nombre que le imponían, dijo: "¡Buey mudo!; pues tened en cuenta, que los mugidos de este Buey resonarán en todo el universo."

Cuando Alberto el Grande fue llamado a París, le acompañó Santo Tomás de Aquino. Aunque todavía carecía de la edad necesaria para ejercer el magisterio, con dispensa, fue encargado de explicar en la universidad de París la Sagrada Escritura y el Libro de las Sentencias.

En 1248, se encargó Santo Tomás de la cátedra que desempeñaba San Alberto el Grande en la Sorbona. Inútil es advertir que el discípulo continuó sus explicaciones con el mismo crédito, y quizá con más provecho que su maestro.

San Luis rey de Francia, conociendo el mérito de Santo Tomás, lo llamaba con frecuencia para tenerlo a su lado. Cuéntase que comiendo en una ocasión con el rey, Santo Tomás, después de un rato de profunda distracción, dio un golpe en la mesa y dijo: "esto es concluyente contra los maniqueos". Cuando advirtió su falta, lleno de rubor, pidió humildemente al rey que lo perdonara. San Luis por el contrario, estaba maravillado de lo que había visto. ¡Es tan poco frecuente ver en la mesa de los reyes hombres que se olviden de la propia persona, para pensar solo en el bien de la Iglesia y de la sociedad, que San Luis, excelente conocedor del corazón humano, no pudo menos de admirar y bendecir la involuntaria distracción de Santo Tomás! Aquella distracción le demostraba que el Santo iba al palacio por obedecer, y no por buscar mundanos honores. Aquella distracción le demostraba que en el alma grande de Tomás habitaba el Señor, y no se albergaban las miserias y ambiciones de los hombres. Aquella distracción, en fin, le demostraba que el corazón de Santo Tomás no podía saciarse con la humana gloria que circunda la mesa de los reyes...

Mientras escribía y dictaba el Tratado sobre la Penitencia, en diciembre de 1273 en el convento de Nápoles, vivió una profunda transformación. Ha tenido un éxtasis muy prolongado y aunque no está triste, ha derramado muchas lágrimas. Deja de escribir y dictar a sus ayudantes, diciéndoles que no puede continuar. En su habitación, la mesa de trabajo del santo está vacía: los códices, los papeles, las plumas, los tinteros están en un armario. Tomás está arrodillado en el suelo llorando. Fray Reginaldo de Piperno le pregunta: "Padre, ¿por qué has abandonado un trabajo tan grande (se refería a la SummaTheologica), comenzado para alabar a Dios e iluminar al mundo?" Tomás le contesta: "Reginaldo, no puedo más..." Día tras día, se repite la conversación. Una semana después, Tomás exclamó: "No puedo. Todo lo que he escrito me parece paja comparado a lo que he visto y me ha sido revelado". Fray Reginaldo y Fray Giacomo lo verán en éxtasis y elevado sobre el suelo en oración.
El Papa Gregorio X citó a Santo Tomás para que asistiese al concilio de Lyon, celebrado en 1274. Se hallaba entonces el Santo en Nápoles, a donde había sido enviado por el Capítulo General de su Orden, celebrado en Florencia en 1272. Apenas recibió el precepto del Papa, emprendió el camino de Lyon, pero cayó enfermo al atravesar la Campaña. Como en las cercanías no había ningún convento de dominicos, entró en la abadía de Fosanova, en la diócesis de Terracina, que pertenecía a los monjes del Cister. Su enfermedad se agravó, y murió en dicha abadía el día 7 de Marzo de 1274, a la edad de 48 años. El Papa Juan XXII, lo colocó en el número de los Santos en 1313. San Pío V lo declaró Doctor de la Iglesia en 1567

18 de enero de 2013

Santa Margarita de Hungría, 18 de Enero

Santa Margarita de Hungria, Princesa, religiosa y virgen.  [1]

Procedía de una estirpe de santos. Hija de Bela IV, rey de Hungría y de María Láscaris, que a su vez era hija del emperador de Constantinopla. 1240, Hungría estaba acosada por sus enemigos los tártaros y atravesaba por momentos difíciles. Los reyes prometieron consagrar a Dios la primera hija que les naciera si les concedía la victoria.

Sus oraciones fueron oídas, y dos años más tarde nace Margarita. Se cuenta que desde muy pequeña poseía el don de profesía, con el que anunció victorias de su padre defendiendo Hungría de peligros. A los tres años y medio de edad, fue confiada al convento de las religiosas de Santo Domingo de Veszprem, una de las ciudades más antiguas de Hungría. Desde niña sintió un profundo amor al crucifijo y lo adoraba con pasión.

De ingenio y memoria maravillosa aprendió de oidas el Oficio de Nuestra Señora. Los reyes, contentos de ver a su hija tan santa y feliz, construyeron un convento en una isla del Danubio, cerca de Budapest, donde Margarita, a los doce años de edad, hizo profesión ante el Beato Humberto de Romans, Maestro General de los Dominicos.

Muy serena, nada la alteraba. Gustaba de tratar con las religiosas más ancianas con quienes compartía sus asuntos espirituales. Tenía oración contínua delante del crucifijo, con lágrimas y suspiros ardientes que le causaba la compasión de ver a su Señor sufriente en la Cruz. Su imagen de Cristo la tenía esculpida en el corazón.

Su devoción a la Virgen María la llevaba a saludarla donde quiera que veía su imagen, incada de rodillas y con la salutación angélica. Durante sus fiestas le ofrecía mil avemarías postrada en el suelo.
Del Santísimo Sacramento era en extremo devota; durante la consagración era cosa prodigiosa, quedaba tan elevada y absorta que parecía muerta. A veces se le vió levitar.
En correspondencia a tantas mortificaciones, le concedío el Señor todos los favores que le pedía. Sentía en sí un deseo ardiente de ser mártir y morir por Dios. Por esto meditaba en la vida de esos santos.
Tomando conciencia de su extraordinaria misión, la joven princesa se dedicó con fervor heroico a recorrer el camino de la perfección. La ascesis conventual del silencio, soledad, oración y penitencia se armonizaron con un celo ardoroso por la paz, un gran valor para denunciar las injusticias y una gran cordialidad con sus hermanas, a las que servía con gozo en los más humildes servicios, especialmente a las enfermas y desvalidas.

Su extrema misericordia con los enfermos que al convento acudían la hizo famosa, porque los atendía personalmente y los curaba. Los muchos regalos que sus padres y otras gentes le enviaban, los distribuía entre los más necesitados, incluídos nobles venidos a menos. Su padre, el buen rey, se contagiaba de su caridad y hacía grandes limosnas a viudas, huérfanos y pobres.

Su pureza fue grande y la prefirió a los tronos y coronas; rechazó a duques y reyes que la pretendían en matrimonio, ya que sólo a Dios se consagró por esposa.

El don de profecía que poseía desde niña lo usó para ayudar a sus hermanas a no pecar, porque veía sus tentaciones y las aconsejaba para no caer. Conoció el día de su muerte y lo publicó un año antes de suceder.

Murió con sólo 28 años, el 18 de enero de 1270. Quedó su rostro tan sobremanera hermoso que no podía ser sino sobrenatural. Tanta gente acudió a verla que no pudo ser enterrada por cuatro días, conservando su hermosura y despidiendo un olor suavísimo. Muchos milagros obró Dios después de su muerte, los que fueron informados canónicamente para su beatificación al Papa Clemente V.

En su convento permaneció sepultado su cuerpo hasta 1526. Después de diversas vicisitudes sus reliquias fueron colocadas en la iglesia de las clarisas de Bratislava (1618), pero desaparecieron con la supresión del monasterio en 1782.

A instancias del pueblo húngaro, nuevamente amenazado, ahora por los nazis, Pío XII la canonizó el 19 de noviembre de 1943 como mediadora de “tranquilidad y de paz, fundadas en la justicia y la caridad en Cristo, para su patria y para todo el mundo”.





[1] Cf. Santos, Bienaventurados, Venerables de la Orden de los Predicadores, Vol I. M.R.P.Fr. Paulino Alvarez, O.P. Tip. de "El Santísimo Rosario" Vergara, 1920, pág 249-259

10 de enero de 2013

Beato Gonzalo de Amarante, 10 de Enero.


Beato Gonzalo de Amarante, presbítero, 1186-1260,

Tagilde, del obispado de Braga, es el pueblo portugués que le vió nacer. Se sabe muy poco de la vida de éste popular beato, perteneció a una extensa familia noble, desde pequeño, prácticamente desde el bautismo, se sintió atraído por la religión, dándose cuenta el  Arzobispo de Braga lo toma bajo su techo preparándolo para el sacerdocio. Luego le encomienda la Abadía de San Pelayo por sus cualidades. Es muy responsable y celoso de sus ovejas a las que acerca a Jesucristo más con las obras que con los sermones, por ello adopta unas ropas de mendigo y, arreciando en la penitencia, da en limosna a los pobres cuanto le llega.

Como tiene un deseo vivo de visitar los Santos Lugares, deja a un sobrino el cuidado de la Abadía y comienza su soñada peregrinación. En Tiera Santa, el tiempo pasa como un suspiro, pero en realidad tarda catorce años en regresar a su abadía. Su sobrino se ha dedicado al despojo. Entre comilonas, cacerías, vicios y vanidades se ha convertido de servidor en dueño. No obedece los requerimientos del tío y hasta lo echa con amenazas violentas, maltratándolo físicamente.

El legítimo abad, aprendió mucho en Palestina. Se retira humillado y vencido. Recorre los alrededores y predica feliz el Evangelio; construye una pequeña ermita y se convierte en ermitaño orante solitario, predicador y consejero por los alrededores de Amarante.

La Virgen le lleva a pasar una noche en el monasterio de Vimaro, de los dominicos. Allí es aceptado como religioso, recibe los hábitos, hace sus votos y edifica a todos con su piedad, mortificación y santidad.

Con la autorización del prelado, vuelve al oratorio de Amarante donde se entrega sin límites a la oración, penitencia y apostolado hasta el fin de su vida quemada en amor a Dios y en bien de los hermanos. Contrajo un gravísima enfermedad y se dispuso a morir como los mejores discípulos del Señor. Muere en manos de la Virgen el 10 de enero de 1260. Su cuerpo se venera en una iglesia a él dedicada. Fue beatificado por el Papa Pío IV en el año 1560.Su culto fue concedido a toda la orden el 10 de Julio de 1671.


3 de enero de 2013

Dulce Nombre de Jesús, 3 de Enero



NADA MÁS SUAVE SE CANTA, NADA MÁS GRATO SE OYE, 
NADA MÁS DULCE SE PIENSA

FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS



No es que creamos que existe un poder intrínseco escondido en las letras que componen el Nombre de Jesús y por eso lo honramos, sino porque el nombre de Jesús nos recuerda todas las bendiciones que recibimos del Redentor. Para agradecer su amor y todas las bendiciones reverenciamos el Santo Nombre, como honramos la Pasión de Cristo honrando Su Cruz, como asegura Colvenerius, "De festo SS. Nominis", IX. Por eso descubrimos nuestras cabezas y doblamos nuestras rodillas y nuestros corazones ante el Santísimo Nombre de Jesús; él da sentido a todos nuestros afanes, como indicaba el emperador Justiniano en su libro de leyes: "En el Nombre de Nuestro Señor Jesús empezamos todas nuestras deliberaciones".
EL NOMBRE DE JESÚS, INVOCADO CON CONFIANZA
El nombre de Jesús brinda ayuda a necesidades corporales, según la promesa de Cristo: "En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán" (Mc 16, 17). En el Nombre de Jesús los Apóstoles dieron fuerza a los cojos (He 3, 6; 9, 34) y vida a los muertos (He 9, 40). Da consuelo en las aflicciones espirituales. El Nombre de Jesús le recuerda al pecador la misericordia del padre del Hijo Pródigo y el del Buen Samaritano; le recuerda al justo el sufrimiento y la muerte del inocente Cordero de Dios. Nos protege de Satanás y sus engaños, por eso el Demonio teme el Nombre de Jesús, Quien lo ha vencido en la Cruz. En el nombre de Jesús obtenemos toda bendición y gracia en el tiempo y en la eternidad, pues Cristo ha dicho: "lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá." (Jn 16, 23). Por eso la Iglesia concluye todas sus plegarias litúrgicas: "Por Jesucristo Nuestro Señor". Así se cumple la palabra de San Pablo: "Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos." (Fil 2, 10).
EL MONOGRAMA
El monograma que representa el Santísimo Nombre de Jesús consiste en las tres letras: IHS. En la Edad Media el Nombre de Jesús se escribía: IHESUS; el monograma contiene la primera y la última letra del Santísimo Nombre de Jesús. Se encuentra por primera vez en una moneda de oro del siglo VIII: DN IHS CHS REX REGNANTIUM (El Señor Jesucristo, Rey de Reyes). Algunos equivocadamente creen que las tres letras son las iniciales de "Jesús Hominum Salvator", Jesús Salvador de los Hombres. San Ignacio adoptó este monograma para la Compañía de Jesús, añadiéndole una cruz sobre la H y tres clavos bajo ella. Y se inventó una nueva explicación del emblema, considerando que los clavos eran originalmente una "V", y que el monograma significaba "In Hoc Signo Vinces", “En Esta Señal conquistaréis”, palabras que vio Constantino en los cielos bajo el signo de la Cruz antes de la batalla en el puente Milvio en 312, que decidió su conversión al cristianismo.
LE PONDRAS POR NOMBRE JESÚS
José ejerció el derecho de padre cumpliendo las palabras de Gabriel: "Le pondrás el nombre de Jesús, porque Él va a salvar a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). Así como en el crucifijo honramos toda la Pasión de Cristo resumida en el símbolo de la cruz, de igual manera el nombre de Jesús nos recuerda todo lo el amor simbolizado en él (Filip. II, 9,10). "Hablando de él, nos sentimos iluminados; pensando en él, recibimos el alimento de nuestras almas; invocándole, encontramos la paz, como dice San Bernardo de Claraval.

LOS DOMINICOS: APOSTOLES DEL NOMBRE DE JESÚS
La devoción al nombre de Jesús es una preciosa herencia que recibimos de nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán. El beato Jordán de Sajonia, O. P. el beato Enrique Susón, O. P. Santa Catalina de Siena, O. P. y el beato Juan de Vicenza, O. P. fueron apasionados devotos de este santo nombre. Gregorio X, durante el Concilio de Lyon en 1274, confió a la Orden de Predicadores, en la persona del Maestro General, Beato Juan de Vercelli, la predicación de la devoción que derrama dulzura sobre los corazones.
Se erigieron Cofradías en todas las iglesias de la Orden, y tan florecientes, que alguna de las actuales, como en los EE. UU. pasan de tres millones y medio el numero de hombres asociados. El fin de la Cofradía es propagar la devoción y culto del Nombre de Jesús contra la blasfemia y profanación de los días festivos.
Orémus. _ Deus, qui unigénitum fílium tuum constituísti humáni géneris Salvatórem, et Jesum vocári jussíti: concéde propítius; ut, cujus sanctum nomen venerámur in terris, ejus quoque aspéctu perfruámur in caelis: Per eúmdem C. D. N.


EL HIMNO JESU DULCIS MEMORIA.

Es dulce el recuerdo de Jesús,
que da verdaderos gozos al corazón
pero cuya presencia es dulce
sobre la miel y todas las cosas.

Nada se canta más suave,
nada se oye más alegre,
nada se piensa más dulce
que Jesús el Hijo de Dios.

¡Oh Jesús!, esperanza para los penitentes,
qué piadoso eres con quienes piden,
qué bueno con quienes te buscan,
pero ¿qué con quienes te encuentran?

¡Oh Jesús!, dulzura de los corazones,
fuente viva, luz de las mentes
que excede todo gozo
y todo deseo.

Ni la lengua es capaz de decir
ni la letra de expresar.
Sólo el experto puede creer
lo que es amar a  Jesús.

¡Oh Jesús! rey admirable
y noble triunfador,
dulzura infefable
todo deseable.

Permanece con nosotros, Señor,
ilumínanos con la luz,
expulsa la tiniebla de la mente
llena el mundo de dulzura.

Cuando visitas nuestro corazón
entonces luce para él la verdad,
la vanidad del mundo se desprecia
y dentro se enardece la Caridad.

Conoced todos a Jesús,
invocad su amor,
buscad ardientemente a Jesús,
inflamaos buscándole.

¡Oh Jesús! flor de la Madre Virgen,
amor de nuestra dulzura
a ti la alabanza, honor de majestad divina,
Reino de la felicidad.

¡Oh Jesús! suma benevolencia,
asombrosa alegría del corazón
al expresar tu bondad
me urge la Caridad.

Ya veo lo que busqué,
tengo lo que deseé
en el amor de Jesús desfallezco
y en el corazón todo me abraso.

¡Oh Jesús, dulcísimo para mí!,
esperanza del alma que suspira
te buscan las piadosas lágrimas
y el clamor de la mente íntima.

Sé nuestro gozo, Jesús,
que eres el futuro premio:
sea nuestra en ti la gloria
por todos los siglos siempre. Amén.

2 de enero de 2013

San Vicente Ferrer Predico en Granada en 1406


La Muy Noble, Muy Leal, Nombrada Grande, Celebérrima y Heroica Ciudad de Granada vio felizmente el paso del Ángel de la Paz y Apóstol de Europa San Vicente Ferrer.[1]

San Vicente Ferrer predicando al Rey Moro
Fue el año 1406. La España árabe marchaba hacia el ocaso de una larga dominación musulmana que duró cerca de ocho siglos. Hasta al propio rey moro de Granada llegó la fama de sapiencia, virtud y santidad de San Vicente. Era Yusuf III un monarca muy ¡lustrado y abrió su corte a los extranjeros inspirándose en los deseos de paz y cultura. De corazón muy noble y generoso, al tener noticias de San Vicente Ferrer envió en su busca, y el Santo prometió a los mandatarios del rey que iría a Granada, como más tarde llegó a la ciudad de los Cármenes, ya enfermo de una profunda llaga en una pierna, por cuyo motivo vino obligado a hacer su entrada en la maravillosa Alhambra montado en un asno.

La voz estentórea del Ángel de la Paz se había dejado oír en los aires, como un siglo antes la de otro hijo de Valencia San Pedro Pascual, en la propia ciudad de Granada, en sus calles y plazas públicas. La predicación de San Vicente Ferrer sonaba potente y atravesaba los gruesos muros en el palacio de los reyes moros, y las silenciosas bóvedas del alcázar se conmovieron a la exhortación del «Temed a Dios y dadle honor...»

«El temor a Dios —nos ilustra el P. Fages en su documentada obra Historia de San Vicente Ferrer— penetró en las almas y turbó a los que dormían el sueño de una muerte muchas veces secular. Apenas había predicado tres veces ocho mil moros pidieron el bautismo y hasta el mismo rey meditaba el proyecto de abrazar la fe de Cristo, cuando recibió enérgicas advertencias de los alfaquíes, muftíes y otros amenazándole con una revolución general si renunciaba al Profeta. Débil el monarca, cedió; llamó al Apóstol a su presencia, le dio las gracias y le dijo que con gran sentimiento suyo no podía permitirle por más tiempo que permaneciera en su reino.»

Comprendió San Vicente que no había sonado la hora para Granada, pues hasta ochenta y seis años después, en 1492, no se efectuó, como sabemos, la reconquista y con ella la unidad nacional, cuyo principal promotor fue en Caspe nuestro Santo; por eso el entonces Fr. Vicente Ferrer, rindiéndose a los designios del Supremo Hacedor, no quiso exponer a una persecución el pequeño rebaño conquistado a Jesucristo Dios y Señor nuestro; pero el dolor de San Vicente fue muy vivo cuando dos años después supo que al morir el rey Yusuf III de Granada dejó por debilidad pasar la gracia de Dios que bien a las claras se manifestó en la despedida que le hizo al partir de la ciudad granadina: «Tú eres bueno y tienes un alma recta; nada he hallado en ti reprensible desde el día que llegaste aquí. Pero no gustas a los alfaquíes. Vuélvete, pues, en paz.»

San Vicente Ferrer
Efectivamente, el rey moro murió el día 11 de mayo de 1408, y todos los historiadores de San Vicente Ferrer confirman el número de musulmanes convertidos en Granada en, el primer encuentro con el Ángel del Apocalipsis y la buena intención del noble monarca árabe neutralizada por los muftíes y alfaquíes; pero la obra apostólica llevada a efecto, la siembra de nuevas almas para Jesucristo, tenía que dar sus frutos, y el 2 de enero de 1492 Granada se rendía a los Reyes Católicos. El rey moro Boabdil, al entregar las llaves de las puertas principales de la Alhambra, dijo a Fernando V de Aragón: «Tuyos somos, rey poderoso y ensalzado, que tal es la voluntad de Dios.»

No es casual que al poco tiempo de entrar en Granada los católicos monarcas fundaran un convento de Dominicos, Santa Cruz la Real, la fundación se llevo a cabo el 5 de Abril, fiesta de San Vicente Ferrer. 

[1] Historia de la Vida Maravillosa, y admirable del Segundo Pablo, Apóstol de Valencia, San Vicente Ferrer, Padre Maestro Fray Andrés Ferrer, Imprenta del señor Arzobispo, a costa de Vicente Muñoz, Mercader de Libros Valencia, 1729, p. 56-57.