22 de octubre de 2012

Aniversario de la Dedicación de la iglesia conventual, 22 de Octubre



El calendario dominicano nos propone esta celebración, las iglesias pueden estar solemnemente consagradas o únicamente bendecidas. Como la mayoría de las fechas de bendición de los templos se han perdido, la orden propone este día para que de forma solemne se recuerde la consagración del templo propio.

Nosotros sabemos que Jesucristo está presente para su Iglesia, y esta verdad, esta realidad, esta doctrina nos ayuda a vislumbrar por qué siquiera celebramos la Dedicación a una Iglesia, es decir, la construcción literal de una iglesia en sí misma y todo lo que esto representa para un cristiano.

Jesús está presente en la Iglesia universal, porque Él es su Cabeza, su Prometido y Fundador (c. Colosenses 1, 18).

Jesús está presente en las pequeñas comunidades cristianas de la Iglesia, porque él ha prometido estar con nosotros de una manera especial donde dos o más estén reunidos en Su Nombre (Mateo 18, 20).

Jesús está verdaderamente presente en la construcción de una iglesia en la manera más especial y central de todos, porque aquí Él está presente en la Sacratísima Eucaristía, el Bendito Sacramento (CCC 1373), en Su Presencia Real.


¿Por qué celebramos la Dedicación de una Iglesia?

Sabemos que en los Evangelios, Jesús, más de una vez, habla de Su “Cuerpo” como un templo. Al hacer esto, Él transfiere el símbolo de identidad desde el Templo de Jerusalén a Él mismo – literalmente, a su propio “Cuerpo”.

San Pablo también, a menudo identifica la comunidad de creyentes como “el templo de Dios” y el lugar donde habita el Espíritu Santo.

Por lo tanto, cuando conmemoramos la Dedicación a una iglesia, entonces, celebramos la construcción de esa iglesia como un símbolo de nuestra identidad más profunda: todos somos “templos vivientes” de Dios, cada uno de nosotros.

En resumen, celebramos la construcción de una iglesia como una imagen de la Iglesia universal construida de las piedras vivientes de las personas bautizadas de Dios. 

El rito de la dedicación de iglesias y de altares es una de las más solemnes acciones litúrgicas. El lugar donde la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, elevar preces de intercesión y de alabanza a Dios y, principalmente, para celebrar los sagrados misterios, y donde se reserva el Santísimo Sacramento de la Eucaristía es imagen peculiar de la Iglesia, templo de Dios, edificado con piedras vivas; también el altar, que el pueblo santo rodea para participar del sacrificio del Señor y alimentarse con el banquete celeste, es signo de Cristo, sacerdote, hostia y altar de su mismo sacrificio.

La dedicación de la iglesia supone para la comunidad cristiana local el coronamiento de una larga empresa de esfuerzos compartidos por todos. Debe ser un día de fiesta, que no puede pasar desapercibido, sino que debe marcar un hito importante en la vida eclesial. Y el aniversario de la Dedicación debe aprovecharse para una concienciación más responsable del papel activo que todos tenemos en la iglesia.

NATURALEZA Y DIGNIDAD DE LAS IGLESIAS

Cristo, por su muerte y su resurrección se convirtió en el verdadero y perfecto templo de la nueva Alianza y reunió al pueblo adquirido por Dios. Este pueblo santo, unificado por virtud y a imagen del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es la Iglesia, o sea, el templo de Dios edificado con piedras vivas, donde se da culto al Padre con espíritu y verdad. Con razón, pues, desde muy antiguo se llamó "Iglesia" el edificio en el cual la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, para orar unida, para recibir los sacramentos v celebrar la eucaristía.

Por el hecho de ser un edificio visible, esta casa es un signo peculiar de la Iglesia que peregrina en la tierra e imagen de la Iglesia celestial. Y porque la iglesia se construye como edificio destinado de manera fija y exclusiva a reunir al pueblo de Dios y celebrar los sagrados misterios, conviene dedicarla al Señor con un rito solemne, según la antiquísima costumbre de la Iglesia.

La iglesia, como lo exige su naturaleza, debe ser apta para las celebraciones sagradas, hermosa, con una noble belleza que no consista únicamente en la suntuosidad y ha de ser un auténtico símbolo y signo de las realidades sobrenaturales. La disposición general del edificio sagrado conviene que se haga de tal manera que sea como una imagen de la asamblea reunida, que consienta un proporcionado orden de todas sus partes y que favorezca la perfecta ejecución de cada uno de los ministerios".