7 de mayo de 2015

El Patrocinio de la Virgen María sobre la Orden de Predicadores

Allá por los años de 1230 había una santa ermitaña en Lombardía que habiendo oído de la fundación de una Orden de Predicadores deseaba con mucho afán ver alguno de ellos. Un día pasó por allí fray Pablo y su compañero predicando. Al saber que eran de la Orden recién fundada fue a verlos y los encontró, jóvenes, altos y guapos. Al instante los juzgó: “Estos no pueden durar mucho tiempo viviendo en continencia”. Unos días después sintió a la Virgen muy cerca de sí que le decía: “Me has ofendido gravemente. ¿No crees que yo pueda guardar a mis jóvenes predicadores libres de todo pecado? Has de saber que esta Orden está bajo mi especial tutela (VH VI, & IV).

Esta anécdota nos la narra un libro de sucesos y hechos acaecidos al principio de la Orden que recopiló fray Gerardo de Frachet hacia 1258 por mandato del maestro general Fray Humberto de Romans. Se pensó como un libro ad usum privatum, para que fuera leído y disfrutado al interior de la Orden. Cosas de familia, podríamos decir, que en un principio estaban destinadas a los novicios recién llegados. Más tarde los superiores se dieron cuenta que dichos relatos eran algo más que anécdotas o simples exhortaciones a novicios. Podían llegar a ser un verdadero fundamento espiritual para la Orden entera. De ese modo se pidió a todas las provincias que aportaran sus relatos para que el tiempo no los borrara del corazón dado que se iban perdiendo ya bastantes cosas y habían pasado tan solo algo más de treinta años desde el inicio de la Orden. Todas estas tradiciones, agrupadas en un libro, fueron oficialmente aprobadas por el capítulo general de Estrasburgo en el año 1260. El libro se tituló “Vidas de los hermanos”.


El 22 de diciembre de 1216, hace ocho siglos, el papa Honorio III mediante bula “religiosam Vitam” confirmó la Orden de Predicadores, para recordar este hecho se instituyo la fiesta del patrocinio de la Virgen María sobre la Orden, que en todo hace honor a María. Y es que desde el principio tuvo una gran experiencia de protección y este hecho llena de gozo a los corazones más sencillos que la veneran como patrona celestial y protectora. Santo Domingo contó que el Señor se le apareció en nuestro convento romano de Santa Sabina y le dijo: "He entregado tu Orden a mi Madre". Los frailes primitivos con Domingo a la cabeza, se extasiaban en sus viajes por Europa en la contemplación y en el canto de himnos marianos como la Salve Regina o el Ave, maris stella, porque caminaban bajo su protección.

Al ser el 22 de diciembre feria mayor de Adviento, en fechas mas recientes se cambio esta fiesta al 8 de mayo, mes de la Virgen María.

De la Relación sobre santo Domingo dada por la beata Cecilia, virgen.

En cierta ocasión el bienaventurado Domingo se quedó orando en la iglesia hasta la media noche y llegando al dormitorio se puso a orar al ingreso. Cuando estaba así en oración miró hacia el fondo del dormitorio y vio llegar a tres señoras muy hermosas y la que estaba en el centro parecía más venerable y de aspecto aún más hermoso y digno que las otras dos. Una de ellas llevaba un recipiente bellísimo reluciente y la otra llevaba un hisopo y con él la señora rociaba y signaba con la cruz a los frailes. Esta señora dijo el bienaventurado Domingo: «Yo soy la misma a quien invocáis cada día, y cuando decía: Ea, pues, abogada nuestra, me postro ante mi Hijo pidiendo por el mantenimiento de esta Orden».

Después de esto y de dar una vuelta por el dormitorio signando y rociando a cada fraile, desapareció. El bienaventurado Domingo volvió a su oración en el mismo lugar en que antes estaba y entonces fue arrebatado en espíritu ante Dios y vio al Señor y a la bienaventurada Virgen, que estaba sentada a su derecha. Y le parecía al bienaventurado Domingo que nuestra Señora vestía un manto color zafiro.


Cuando Domingo miró entonces a su alrededor, vio en al presencia del Señor a religiosos de todas las órdenes, pero no veía a ninguno de la suya y por ello rompió a llorar con amargura y, quedánsose lejos, no se atrevía a ponerse cerca del Señor y de su Madre. Entonces nuestra Señora le hizo señas con la mano para que viniera junto a ella, pero él no se atrevía aún a acercarse hasta cuando el mismo Señor lo llamó. Acercándose el bienaventurado Domingo se postró ante ellos, siempre llorando amargamente. El Señor le dijo que se pusiera en pie y estando ya levantado le preguntó: «¿Por qué lloras tan amargamente?» Él respondió: «Lloro porque estoy aquí viendo aquí de todas las órdenes, pero no entreveo a nadie de la mía.» El Señor le dijo: «¿Quiéres ver a tu Orden?» Y él, tembloroso, respondió: «Sí, Señor» Entonces la bienaventurada Virgen abrió el manto con que se cubría y lo extendió en torno ante el bienaventurado Domingo, al cual le pareció tan grande que le dio la impresión de que podía dar cabida a toda la patria celestial, y bajo el manto vio una muchedumbre de hermanos.

Entonces el bienaventurado Domingo se postró y dio gracias a Dios y a su Madre la bienaventurada María y entonces desapareció la visión. Cuando volvió en sí, al isntante se apresuró a tocar la campana para los maitines. Terminado el oficio de maitines convocó a los frailes en el capítulo y les predicó un magnífico y hermosísimo sermón, exhortándolos al amor y reverencia a la bienaventurada Virgen María. Y entre las cosas que les dijo les contó esta visión.